jueves, 31 de julio de 2014

Una reflexión nocturna desde la Cochinchina

Como todo el mundo sabe, cuando queremos referirnos a algo que está realmente muy lejos o enfatizar sobre distancias tan dilatadas que los adverbios al uso se quedan cortos, recurrimos a la Cochinchina. Pero, ¿realmente existe ese lugar? Existe. Y geográficamente se sitúa en Vietnam. Comprende la ciudad de Saigón, hoy Hoh Chi Minh, y la región del delta del río Mekong,  Su nombre, Cochín, se lo pusieron sus antiguos gobernantes chinos y significa literalmente "colinas de huellas cruzadas". Pero, ¿por qué los españoles citamos ese remoto e indefinido emplazamiento, cuando la mayoría no sabemos siquiera ubicarlo? Pues esta es la historia.

A mediados del siglo XIX, tras el asesinato masivo de misioneros españoles y franceses que evangelizaban la zona, los gobiernos de ambas naciones decidieron enviar una expedición mixta de castigo contra los lugareños. La campaña duró cuatro años y el terreno conquistado, con Saigón como su principal baluarte, pasó a formar parte de Francia. España, a pesar de aquel esfuerzo humano y económico, no sacó ni una sola ventaja, conformándose con que la región fuera cristianizada como es debido. Quizá es por eso que el imaginario popular identifica aquel lugar, lejano y extraño, como una quimera que nada nos reportó.


Bueno, pues una vez situados, comencemos  esta breve crónica turística y aventurera, que no tiene más objetivo que transmitir algunas sensaciones personales tras el descubrimiento de un hermoso país, interesante y placentero.

Tras un larguísimo periplo, lo primero que el viajero percibe al aterrizar en cualquier punto de la geografía vietnamita, son los manifiestos efectos de un clima tropical, especialmente acentuado en esta época del año. Altas temperaturas, rozando los 35º, con unos niveles de humedad cercanos al 90%, convierten el ambiente en una sauna permanente, que no distingue entre sol y sombra, día o noche, y dificultando a veces el simple mecanismo inconsciente de respirar. Bien es verdad que la incomodidad de la transpiración constante tiene como contrapartida la garantía de un regreso a España con la piel suave como la de un bebé y un organismo libre de las toxinas correspondientes a los últimos diez años. Y cuando el monzón descarga, que suele hacerlo una o dos veces en el día, la sensación de calor aumenta, comprobando con estupor cómo hierve literalmente el agua de los charcos, a la vez que el vapor ascendente parece salir por las puntas del  propio cabello, que permanecerá encrespado e indomable hasta la vuelta a España..
La República Socialista de Vietnam, con noventa millones de habitantes, es el país más oriental de la península de Indochina. Tiene forma de S, más ancho en los extremos y muy estrecho en el centro, y su extensión es ligeramente inferior a Alemania. Linda con Camboya, China y Laos, y su larguísima costa meridional, bañada por el mar de China, cuenta hoy con lujosos resorts y complejos hoteleros para que el turismo de alto nivel europeo y americano disfrute de sus magníficas playas.


En Vietnam, la sonrisa de hombres, mujeres y niños, su exquisito trato y su extremada amabilidad con el visitante nos acompañará mientras dure la estancia y la biodiversidad de la región, de una belleza indescriptible, grabará en la retina y en nuestra cámara fotográfica paisajes únicos y extraordinarios. Panorámicas de inusitada belleza y rostros amables y complacientes, serán la combinación perfecta para recomendar una visita al país de los campos de arroz cuando, ya de regreso, nos pregunten amigos y conocidos.

Y si llamativos y sorprendentes son sus paisajes, ya verán cuando se sienten a comer. Una mesa vietnamita es un mosaico de piezas y colores. Mantelitos, lienzos, paños y tapetes. Docenas de platitos, tacitas, cuenquitos, recipientes, palillos, cucharones, salsas multicolores, sabores intensos, especias aromáticas acompañarán un menú que invariablemente se compondrá de seis o siete platos diferentes que, empezando por la pho, sopa tradicional vietnamita de tallarines de arroz, discurrirá por una gama de especialidades culinarias orientales de amplio espectro: verduras, brotes, pollo, carnes y pescados, en moderadas cantidades, hasta llegar a los postres, un lujo asiático de frutas tropicales y exóticas que se convierten para los occidentales en las reinas de la mesa.

Me gusta Vietnam y me gustan los vietnamitas y su forma de afrontar las adversidades de la vida. No son ateos, ni descreídos, pero atesoran un sentido práctico de la existencia que a mí me resulta fascinante. Su filosofía, basada en el budismo, confucionismo, taoísmo o cualquier otra versión de los transcendentalismos orientales prescinde de divinidades, dogmas ni mandamientos. Cuando un viet se siente agobiado, preocupado, tiene una pena o una inquietud, se encomienda a sus antepasados, en la seguridad de que velarán por el bienestar de su familia y, si me apuras, en última instancia colocará su destino en manos de Hoh Chi Minh, que para eso es el padre de la patria y el artífice de la libertad y la independencia del país.

El idioma es extremadamente complicado, con unos signos y reglas de acentuación que determinan el significado de las palabras, en función de su fonética y pronunciación. Curiosamente, Vietnam es el único lugar del mundo en el que es imposible decir "Yo te amo", porque el vietnamita coloquial no dispone de palabras para decir "Yo" y "Tu". La gente se habla entre sí de acuerdo con las relaciones que establecen su edad y parentesco. De ahí, la obsesión de todo vietnamita por preguntar la edad a las personas que acaba de conocer. Es sencillamente necesario para poder utilizar el pronombre adecuado y tratar a cada cual con el debido respeto.



Después de comprobar el durísimo castigo físico que supone para los campesinos vietnamitas el cultivo del arroz, no acierto a entender su bajo precio. A partir de hoy, valoraré con mucho más convencimiento este alimento básico también de la cocina española, con el que se prepara la p a e l l a, uno de nuestros platos estrella, conocido en el mundo entero. Más del sesenta por ciento de la población de Vietnam se dedica al cultivo del arroz y, aunque las técnicas de producción agrícola han experimentado un desarrollo espectacular, la mayor parte de las fases del proceso de elaboración se realiza a mano. En cualquier caso, impresiona la contemplación constante de los cultivos en terraza o las kilométricas llanuras de arroz, salpicadas por multitud de tumbas a modo de minipagodas, en las que descansan los restos mortales de cuantos dedicaron su vida entera al cultivo de este producto básico en la alimentación autóctona.
 Y la guerra !!!! Sus huellas están presentes en todo Vietnam, pero su presencia aumenta cuanto más avanzamos hacia el sur. El Mekong y su delta de nueve brazos, es fuente inagotable de riqueza y el escenario cinematográfico que el visitante espera encontrar mientras avanza en kayak por sus canales y manglares. Recorriendo esta selva que se convirtió en un campo de batalla incontrolable para las tropas americanas, se comprueba como en la mayoría de los casos David vence a Goliath tan solo por la subestimación del enemigo. Infraestructuras de túneles y galerías subterráneas excavados por todo el país, ahora forman parte de las atracciones más demandadas por los turistas, contribuyendo igualmente a levantar la economía del país. Finalmente, este conflicto bélico, que traumatizó a la población estadounidense, se saldó con más de cinco millones de muertos, cientos de miles de lisiados y devastadores efectos sobre el país como consecuencia del gas naranja y, por supuesto, con la unificación de las dos Vietnam en la República Democrática de Vietnam, de régimen comunista, tal y como hoy está concebida.  Es curioso, pero los vietnamitas hablan de la guerra con horror, pero no con rencor.

En fin, hemos llegado al final del viaje, y diecisiete horas de vuelo dan para pensar en deducciones, resultados y conclusiones. Vietnam es un país ideal para pasar unas inolvidables vacaciones. Tiene de todo: bellísimos paisajes, imponentes montañas, ríos de inmenso caudal, campos de arroz color esmeralda, ciudades cosmopolitas y playas paradisíacas. Es el escenario perfecto para combinar el turismo y el descanso. Los vietnamitas son gente amable y relajada, que se esfuerza lo indecible para comunicarse con sus visitantes y obsequiarles con todos los encantos que ofrece su país. Si uno se mezcla con ellos descubrirá la fuerza de un enigma que mantiene tradiciones ancestrales en una nación que se va abriendo gradualmente al mundo moderno, gracias en gran medida a la influencia del turismo... ¿Y yo? ¿Realmente he aprendido algo? Estos hombres con talla de niños y estas mujeres menudas y delicadas que se visten con los más bellos y femeninos trajes de seda, me han enseñado el valor de la humildad y la sencillez. A relativizar la importancia de las cosas, a quejarme menos y a apreciar lo que tengo. A intentar que el cáncer de la crisis económica y la falta de motivación personal o profesional no me destruyan como ser humano, una vez de vuelta a la realidad política y social del mundo occidental en el que vivo.

Vietnam se encuentra en plena transformación económica y cultural y avanza al ritmo que lo hacen los países emergentes, es decir, a gran velocidad. Lamentablemente los cambios traerán progreso, pero muchos aspectos valiosos y atractivos se perderán para siempre. ¡¡¡ Visiten V i e t n a m y apresúrense antes de que se convierta en otro gigante asiático !!!

Desde mi atalaya madrileña y la in-seguridad de mi mundo desarrollado, me despido en esta noche de verano, en la que el cielo añil y estrellado de la capital de España me ayudará a conciliar un sueño apacible y reparador.

Buenas noches Hanoi, Halong, Sapa, Hué, Hoi An, Da Nang, Mui Ne, Mekong y Saigón.


martes, 25 de marzo de 2014

La noche en que se apagó el faro de la Transición.


         No sé si todos somos iguales ante la ley, pero sí lo somos ante la muerte, que no por esperada es menos lacerante. Hay pérdidas que se asumen colectivamente, lo que mitiga el desconsuelo, y otras que pertenecen a nuestro entorno más cercano; por tanto, su efecto devastador es aún mayor y su quebranto probablemente imposible de restañar. Hoy, los españoles hemos perdido a Adolfo Suárez, pero mi pérdida es doble, porque no solo se ha apagado el faro de la Transición, sino que se desvanece una referencia importante en mi vida, y siento en mi interior la exclusividad del dolor intransferible que produce.
 
         Han pasado treinta y cinco años y recuerdo, como si fuera ayer, mi primer encuentro con el Presidente del Gobierno, recién llegada al Palacio de la Moncloa para trabajar en su staff más cercano, en una España que empezaba a despertar del interminable letargo de una dictadura de cuatro décadas y con todo por hacer. Él tenía un aspecto exultante, satisfecho, feliz. 1978 tocaba a su fin, y faltaban muy pocos días para el referéndum de la Constitución, que se preveía exitoso. Le debí parecer muy joven; claro, sólo tenía veintiún años. Cogiéndome por los codos, como a él le gustaba hacer, su cálida mirada me dio la bienvenida y unas breves frases fueron suficientes para hacerme entender la trascendencia de la misión que entre todos íbamos a llevar a cabo. Formábamos parte del mismo equipo y cada uno, desde su cometido, sería pieza clave para llevar a buen puerto ese proyecto común. A partir de ese momento tuve la sensación, durante los casi cuatro años que trabajé para él, de que decía la verdad, porque ningún otro Presidente nos involucró tan directamente en el quehacer político, ni jamás nadie nos agradeció tanto nuestro esfuerzo y lealtad hacia él y hacia España.

Adolfo Suárez en su despacho

          A finales de los setenta, la Presidencia del Gobierno era una estructura muy simple, con escasos medios y pocos trabajadores. Convivíamos bajo el mismo techo de ese Palacio tan destartalado como poco acogedor, consiguiendo entre todos una armonía casi perfecta entre la vida familiar y laboral, teniendo en cuenta que solo nos separaba una planta del edificio. Utilizábamos la misma puerta para entrar y salir, por lo que era habitual coincidir con los chicos que llegaban del colegio, a la vez que con la audiencia que estaba prevista para un poco más tarde y se había adelantado, o con los representantes de alguna asociación gitana que venían a entrevistarse con doña Amparo Illana. No era raro que el Presidente compartiera charla y café con nosotros algún que otro día, nos preguntara por nuestras familias y actividades fuera del trabajo y se interesara por opiniones y sugerencias alternativas a su entorno habitual. Él era así, pura sencillez y cercanía. Siempre tenía una sonrisa y una palabra amable para todos y, en más de una ocasión, contestaba al teléfono si sonaba y no había nadie para atenderlo. Con total naturalidad, descolgaba y tomaba nota de los recados.
 
         Son muchos los recuerdos y las anécdotas que se agolpan en mi mente en estos tristes momentos, y muchas las personas que compartieron conmigo aquellos años difíciles pero apasionantes y que, como ahora Adolfo Suárez, un día se fueron y nos dejaron huérfanos. En este breve recorrido, no puedo mencionar a todas, por eso me permitiré la licencia de citar a uno solo. Un hombre que fue pieza clave en la transformación democrática de España y que se mantuvo al lado de Adolfo Suárez y de la Monarquía contra viento y marea. Un caballero español, leal sin tacha y paternal y entrañable en el trato hasta la excepcionalidad. No puede ser otro que el General Gutiérrez Mellado. Tal era la complicidad entre ambos que, cierto día, durante una conversación de escasa confidencialidad, escuché al Presidente interrogando al General sobre la situación en los cuarteles y la verdadera filiación de sus mandos, dado el malestar que a todas luces existía en el seno del Ejército, en aquella España tambaleante. El Presidente preguntaba con insistencia sobre el número exacto de auténticos militares partidarios de la democracia, que apoyaban la acción del Gobierno: Pero Manolo, dime de verdad, cuántos somos”. Y el General, levantando los hombros, contestó: “Seguros, seguros, dos, tú y yo”. Así andaban las cosas. Pocas semanas después, un intento de golpe de Estado a punto estuvo de dar al traste con las ilusiones y esperanzas de los españoles.
 
         Y harto de estar harto, un día decidió que era momento de que el barco cambiara de timonel y le consultó a su esposa: “¿Qué te parecería la noticia de mi dimisión?”. Muchas veces me han preguntado por el recuerdo de algún momento especialmente triste en tantos años de profesión, y siempre respondo sin dudar: En el capítulo del dramatismo quedan tantas jornadas terribles e interminables en que el terrorismo golpeó al Gobierno y a toda la sociedad con su carga de muerte y destrucción, pero, sin duda, el más triste a nivel personal fue el día en que dimitió Adolfo Suárez. Ni siquiera el maquillaje televisivo era capaz de disimular sus ojeras. Expresamente se nos pidió no estar presentes en la grabación del mensaje, que anteriormente habíamos transcrito entre lágrimas y suspiros, para evitar distracciones ante cualquier estallido emocional. Terminada la alocución, afloraron los sentimientos y nos abrazamos unos a otros y le abrazamos a él. El Presidente dimisionario nos daba las gracias una y otra vez y nos pedía la misma colaboración con el Presidente siguiente.

      La vida le golpeó duramente con la pérdida de su esposa y de su hija mayor demasiado pronto y con una cruel enfermedad degenerativa, que lo mantuvo durante años perdido en la nebulosa del olvido y el extravío. Pero los que conservamos intacta nuestra memoria no podemos dejar de rendirle el más profundo homenaje, ese que los españoles, injustos e ingratos, le negamos cuando aún podía recibirlo y apreciarlo.
 
        Pocos gobernantes cumplen todas sus promesas, pero Adolfo Suárez nos pudo prometer y prometió un país libre, democrático y moderno, y lo cumplió. Nos proporcionó una Constitución que nos acogiera a todos como garantía de convivencia y tolerancia. Sentó las bases de un sistema económico socialmente  más equitativo y justo y allanó el camino para que, los que le siguieran en sus responsabilidades, nos integraran en Europa y en el mundo. Pero su mejor legado es, sin duda, su capacidad de ilusionar a un país entero, que dejó de mirar al pasado para caminar hacia delante, en la seguridad de que juntos podíamos hacer grandes cosas. 

     Desde esta tribuna no puedo por menos que reconocer el privilegio que me concedió la vida trabajando con un hombre como él, ejemplo de humildad y de servicio a España, cualidades de las que tanto necesita la clase política española en estos momentos. Él nos puso el listón muy alto y si su vida y su obra como estadista fueron determinantes para la historia de España, hagamos que su muerte también lo sea, recuperando los valores que hicieron posible una hazaña que admiró al mundo, y que serían muy bienvenidos en esta difícil coyuntura económica y social por la que atravesamos.

         Desde aquí, emocionada y afligida, solo me resta decir: 


¡ Descanse en paz, Presidente Suárez !  


     Hoy es uno de esos días en que necesitamos ese descanso reparador que nos proporcionan unas horas de sueño, tras las jornadas de especial intensidad emocional.

          Buenas noches.
          



        
        


martes, 18 de marzo de 2014

La noche en que conocí a Albert Rivera

Buenas noches a todos los que, como yo, mantienen viva  la esperanza en que una España mejor aún es posible, un país que resurja, cual ave Fénix, de las cenizas del escepticismo y el descreimiento.

Pero una sociedad que se reinventa necesita protagonistas inéditos, gestores insólitos y líderes de nuevo cuño, para sacar a los ciudadanos del letargo en el que nos han sumido el desencanto y la negatividad, derivados sin remedio de una situación económica y social de crisis sin precedentes, circunstancia a la que se añade la incapacidad palmaria de una clase política que hace tiempo se quedó sin respuestas a las demandas de los nuevos tiempos.

¿Pero dónde encontrar esos nuevos jefes para la manada? Pues la verdad es que no sé de qué fuente beber, pero sí sé dónde el caño se secó y el manantial no volverá a manar. Enfrascada en mis circunloquios estaba, cuando hete aquí que se celebra el  Debate sobre el Estado de la Nación 2014. Probablemente, el más vacuo y con menos interés que puedo recordar. Cifras irreales, balances positivos con los pies de barro, planes de futuro que no van más allá del mes que viene, ausencia de alternativas, cero propuestas, mociones que se votan bajo los miopes parámetros de la disciplina de partido. Aún recuerdo aquellas sesiones parlamentarias en las que la ciudadanía seguía con pasión cuanto sucedía en el hemiciclo, ese anfiteatro cuya composición actual en el noventa por ciento de los casos pertenece a mi generación o a la anterior. Y si Sus Señorías no han sido capaces de hacer lo más perentorio que no es ni más ni menos que un gran pacto de Estado para sacar al país adelante, como demandan las excepcionales circunstancias que vivimos, ¿en qué cabeza cabe que los mismos perros vayan a ser capaces de conseguirlo, con solo cambiar el collar de las consignas electorales? Sólo un necio lo creería...

Y yo les digo a ustedes, señores parlamentarios, responsables del quehacer legislativo que rige las vidas y las haciendas de los ciudadanos: los españoles que nacimos durante el franquismo, ya cumplimos con la misión que nos fue encomendada, ni más ni menos que dirigir la Transición democrática, y guiar los primeros pasos de la nueva España dentro del marco que nos proporcionaba la Constitución. Y lo hicimos razonablemente bien. Pero andando el tiempo y las décadas, el sistema tiene los mismos achaques que nosotros, así que necesitamos hacer reformas, enmendar planas y reajustar modelos. O sea, España pide a gritos un plan Renove en toda regla.

Y también me dirijo a ustedes, ciudadanos votantes para decirles: NO se instalen en el ateísmo político. Todos los españoles mayores de edad tenemos la potestad soberana de dar un volantazo a esta deriva sin rumbo que parece haberse apoderado de la vida política de nuestro país en los momentos más difíciles. Aún hay esperanza, todavía se puede. En nuestra mano está la capacidad de cambiar las cosas, entre todos, juntos, unidos, remando en la misma dirección, pero con nuevos dirigentes, savia fresca y soluciones a estrenar. Gente virgen en el ruedo político, sin hipotecas, gravámenes ni arbitrios. Con las manos limpias, los bolsillos vacíos y el entusiasmo del que se despoja de la ambición personal para convertirse en servidor público.

... Y me entero de que está en Madrid Albert Rivera. Y dispongo del tiempo justo para ir a escucharle.

El Círculo de Bellas Artes era un hervidero de personajes mediáticos, de reporteros cargados con sus cámaras y micrófonos y de espectadores anónimos que, como yo, sentíamos una enorme curiosidad por ver la puesta en escena de este gurú del colectivismo... Y entonces me encontré con él, cara a cara.

Como muchos de ustedes saben, he vivido el mundo de la política de alto standing desde muy joven y muchas son las conclusiones que he plasmado en mis libros, tras más de treinta años de servicio público. A mi edad y en estas circunstancias pensaba, honradamente, que ya no me sería fácil volverme a "enamorar" de un candidato. No podía creer que alguien fuera capaz de hacerme sentir de nuevo las mariposas del subidón político en el estómago.


No hablamos de un mitin, ni de la presentación de un libro al uso, porque el acto se convirtió en un encuentro entre ciudadanos. Poco después de las breves intervenciones de las dos presentadoras que flanqueaban al político-escritor, la directora de la editorial Espasa, Ana Rosa Semprún y la periodista, Ana Rosa Quintana, los asistentes comenzaron el turno de preguntas que abarcaron todos los aspectos que actualmente preocupan a los ciudadanos. Todo el mundo quería participar y las respuestas de Rivera eran directas, claras y contundentes. Nada de subterfugios, de evasivas ni perífrasis. ¡¡¡ Clarito, como el agua !!! Y, como no podía ser de otra manera, fue ganándose poco a poco a la audiencia, que aplaudía sus intervenciones, mientras nos frotábamos los ojos cuestionándonos si era verdad lo que vivíamos o se trataba de algún tipo de ensoñación colectiva.


No es el objetivo de esta reflexión desgranar exhaustivamente el ideario político de Albert Rivera y su activismo, que cualquiera puede consultar en Internet, en redes sociales o comprando su libro "Juntos podemos". De lo que se trata es de llamar su atención respecto de la diferencia que existe entre este movimiento ciudadano y los partidos políticos tradicionales, en los que es muy difícil que podamos depositar de nuevo nuestra confianza en futuras convocatorias electorales. Así que, desencantados y sin alternativas, complicada encrucijada la que se nos presenta a los que nos regimos por la máxima de hacer uso de la prerrogativa democrática del voto, pase lo que pase y pese a quien le pese.

Albert Rivera es un "revolucionario" políticamente correcto, un "emprendedor" de la política, joven aunque sobradamente preparado, que habla inglés (¡por fin!), que se expresa en el idioma que entendemos todos y cuyo proyecto, probablemente, sea el más ilusionante desde el 15-M. Y alguien me comenta: "Seguro que luego, cuando llegue al poder, se volverá como todos, ciego, sordo y prepotente..." Y respondo: " Hombre, que las cosas hayan sido así, no quiere decir que tengan que serlo siempre ". Yo me inclino, decididamente, por abrir paso a la generación de la esperanza y que nadie me prive de la oportunidad de  I L U S I O N A R M E, que para desilusionarme tiempo tengo.

Deseo a Albert Rivera y a su Movimiento mucho acierto en una andadura política con otros fondos y distintas formas, de las que tan necesitados estamos los españoles del siglo XXI.


¡¡¡  Tal vez hoy empecemos a ver esa luz al final del túnel que tanto se está haciendo de rogar  !!!!
Deseo a todos los que compartimos este espacio de reflexión y análisis BUENAS Y ESPERANZADORAS NOCHES.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La noche en que Rosalía Mera entró por el ojo de la aguja.



Buenas noches a todos los que habitamos Madrid en este tedioso mes de agosto en plena canícula, no sólo conforme al calendario, sino también, y muy especialmente, en consonancia con el incandescente termómetro.

Informativamente hablando, el octavo mes del año suele ser cuando menos baldío, pero el de 2013 pasará a la historia como especialmente denso. En el caso que nos ocupa, nada que ver con las serpientes de verano y los habituales del papel cuché de cuyas vacaciones nos dan cumplida cuenta los informativos más ortodoxos, precisamente, por la falta de noticias de peso que caracteriza la época estival. Pero, además y como un aldabonazo, entre el capítulo diario del sempiterno contencioso hispano-británico de Gibraltar, el recrudecimiento de la situación prebélica civil que vive Egipto y, en clave interna, las visitas a la Audiencia Nacional de los altos mandos del Partido Popular por el caso Bárcenas, se nos cuela el trágico e inesperado fallecimiento de doña Rosalía Mera Goyenechea, ex esposa de Amancio Ortega, y cofundadora del imperio Inditex. Me atrevo a aventurar que, como la mayoría de los ciudadanos de este país, hasta el pasado día 15, poco sabíamos de esta mujer que muere de forma inesperada y a una edad temprana, en un día anodino del mes de agosto, mientras disfruta de unas vacaciones tranquilas y familiares. ¡¡¡¡ ¿Cómo es posible ? !!!! Casi una desconocida, cuando nos referimos a la mujer más rica de España, con una fortuna valorada en 4.724 millones de euros, según la revista Forbes, lo que la coloca en el puesto número 66 de las personalidades más poderosas del mundo, y la única española que aparece en el ranking de la publicación...

La curiosidad es invariablemente más fuerte que mi voluntad y, al poco de comenzar a indagar en la vida de la señora Mera, me viene a la cabeza una cita bíblica que hasta los menos practicantes hemos escuchado alguna vez y que me parece muy apropiada para la reflexión que nos ocupa:

"Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los Cielos" (Mt, 19,24).

Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al Reino de los Cielos

Pues puede que sea difícil pero no imposible, teniendo en cuenta que toda regla cuenta con sus excepciones. Antes de nada es preciso aclarar que, hasta donde yo sé, Jesucristo jamás condenó la riqueza ni los bienes materiales en sí mismos. Su reprobación tenía como objetivo a los adinerados cuyo único interés es acumular patrimonio para su propia satisfacción y lucro personal, volviendo la cabeza a las necesidades del mundo. Rosalía Mera pensaba que el dinero sirve para evitar injusticias, que el éxito está más cerca del "ser" que del "tener" y no le dolían prendas en colocarse decididamente tanto a favor del movimiento 15-M, como en contra de los recortes del Gobierno en materia de sanidad y educación y en las antípodas de la reforma de la ley del aborto que promueve el Partido Popular y el actual Ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón.

"Rosi", la niña que correteaba por el barrio coruñés de Matadero, siempre estuvo presente en doña Rosalía. A los 11 años dejó la escuela y a los 13 encontró el trabajo que determinaría el resto de su vida: aprendiz en La Maja, una elegante casa de modas de la calle San Andrés. Atendiendo a los clientes, un día conoció a dos hermanos nacidos en León, pero criados en La Coruña: Antonio y Amancio Ortega. Tras un noviazgo de los de antes, Amancio y Rosalía se casaron y levantaron un imperio en la localidad de Arteixo. Veinte años duró su matrimonio, con dos hijos en común, Sandra y Marcos, discapacitado de nacimiento como consecuencia de una parálisis cerebral. En 1986 llegó el divorcio y con él la división de la primera industria textil del país. A Mera le correspondió un 7% del capital de grupo, además del 5% de la farmacéutica gallega Zeltia y el 9'84% de la cadena hotelera Room Mate Hoteles. A partir de ese momento, Rosalía Mera desplegó una intesa actividad empresarial y social. Accionista de ICN, S.A., empresa dedicada a la comercialización de sistemas de identificación y custodia de neonatos en hospitales, así como de las productoras Continental y Milou Films. Dirigía la sociedad Cultigar, S.L., centro de repoducción de plantas mediante técnicas in vitro, y Estrella Orvi, S.L., firma dedicada a la investigación y desarrollo de patentes agrarias. Creó el Centro de Iniciativas Empresariales Mans en La Coruña, en 1999, y presidía y dirigía la empresa Trébore, dedicada a la inserción laboral de personas en riesgo de exclusión social. Pero, sin duda, su actividad estrella fue siempre la presidencia de la Fundación Paideia, organización sin ánimo de lucro cuya razón social es la protección de los discapacitados, la integración de colectivos vulnerables y de la mujer en Galicia. Ahí es donde la señora Mera desarrollaba todo su potencial en una tarea para la que, sin duda, parecía estar llamada.

Rosalía nunca olvidó su procedencia y cuando le preguntaban por su filiación ideológica se posicionaba siempre a la izquierda porque, según decía, "teniendo en cuenta sus orígenes no podía ser de otra manera". Sus sólidas convicciones y su fe ciega en el esfuerzo personal y la honestidad como principios de vida, la llevaron a retomar sus estudios, después de haber nacido sus hijos, diplomándose en Magisterio, tras una destacada formación profesional en el ámbito sanitario.



Rosalía Mera, una millonaria políticamente incorrecta, resuelta y decidida, con un cierto aire hippy y sin la apariencia que por edad le correspondía, llevó siempre una vida sencilla, sin sofisticaciones, fiel a sus principios y coherente con sus valores, y tan discreta que ha tenido que ser su inesperada muerte la causa del abandono de su voluntariamente elegido anonimato. Puede que ella lo quisiera así, pero no dejo de pensar que es injusto que a los españoles, tan necesitados hoy de modelos nobles y referencias cabales, se nos prive de personalidades tan dignas, cuyo leitmotiv es el buen uso de sus fortunas, legítimamente conseguidas y la preocupación constante por los desfavorecidos y los desheredados de la Tierra. Empresarios con incalculables patrimonios y alforjas repletas de decencia y honorabilidad, que se encuentran en las antípodas de una clase política que, cada vez en menor medida, tiene en cuenta su juramento "hipocrático" de servicio público, cuyo objetivo estrella es la búsqueda irrenunciable de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, en especial de los que menos tienen. Unos representantes soberanos que no saben cómo resolver los problemas de sus administrados, salvo con las tijeras en una mano y la tabla del IRPF en la otra; que se muestran incapaces de plantar cara con la determinación que imponen desahucios, desempleo, empobrecimiento, condiciones laborales draconianas, pesimismo y desesperanza ante la verdadera causa del desastre político y social que estamos viviendo: la imprevisión de nuestros legisladores, un sistema opaco de financiación de partidos políticos e instituciones públicas y la deshonestidad de corruptos e inmorales que tanto daño hacen a las arcas del Estado y a la credibilidad del sistema democrático.

Como decía el brillante Sir George Bernard Shaw: "Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo... y por los mismos motivos". ¡¡¡Qué capacidad de síntesis !!!

Por todo lo dicho, insto a los medios de comunicación, responsables de una información de servicio público, difusores de valores y modelos que convienen a una sociedad en crisis como la nuestra, a ensalzar a los prohombres y promujeres, que los hay, cuya dedicación en favor de una sociedad más justa y solidaria es el motor de sus vidas, de aquellos que, como Rosalía Mera, nunca dejaron de vivir como pensaban, a los que se dejan la piel cada día para mejorar las condiciones de vida de los menos favorecidos.  Desde aquí solicito humildemente al gremio periodístico que limiten el empacho al que nos someten a diario con las andanzas y fechorías de los terroristas políticos y sociales, con la desconfianza que despierta, como lógica consecuencia, una justicia que se coloca sólo esporádicamente en el bando de los damnificados y, sin olvidar, la voracidad de unas organizaciones empresariales que no conocen límites para subyugar a sus asalariados. Permítannos, aunque sólo sea para preservar la salud mental de los sufridos ciudadanos, soñar con un escenario alternativo y fantasear con la quimera de que un mundo mejor aún es posible.

Estas breves líneas quieren convertirse en mi sincero y personal homenaje a la inventora de una de las prendas más populares de toda una generación, la bata de boatiné, cuando las viviendas españolas no contaban con los sistemas de climatización actuales. Un panegírico a una gallega hecha a sí misma, a una luchadora sin cuartel como mujer, como madre y como empresaria, a una apasionada de la vida y de la gente y a todo un ejemplo de gestión coherente y filantrópica de unos recursos multimillonarios.  SÍ SE PUEDE !!!

Que nadie olvide que para ser un buen empresario, antes hay que ser un empleado eficaz.

Buenas noches a todos los camellos que entran por los ojos de las agujas. Ojalá cunda su ejemplo.

Descanse en paz, Rosalía Mera !!!!.















martes, 6 de agosto de 2013

Dejó de ser de noche en la antigua Yugoslavia





Niña bosnia. 1994.

A poco más de dos horas de avión desde Madrid, es posible plantarse con tan solo el DNI en cualquiera de las repúblicas de la antigua Yugoslavia. Es más que sorprendente que en este enclave tan cercano, en medio de una Europa unida en lo político y lo económico, haya tenido lugar hace tan solo algo más de una década, el conflicto bélico más sangriento desde la II Guerra Mundial. Hablamos de una contienda encarnizada y de una despiadada limpieza étnica que acabó con la vida de más de 100.000 personas.

Hace tiempo que quería visitar esta zona del Continente y aprovechando el ingreso de Croacia en la Unión Europea y unos cuantos días de vacaciones, decidí, casi sobre la marcha, realizar este viaje que se me empezaba a quedar pendiente. 

Aunque la belleza y el interés turístico y cultural de las hermosas ciudades y los helvéticos paisajes pertenecientes a las repúblicas de Croacia y Eslovenia son ya reclamo más que suficiente para llevar a cabo la visita, no me queda más remedio que rendirme a la evidencia: el objetivo íntimo y personal de este viaje se focalizaba desde el principio en Bosnia y Herzegovina. Lo demuestran, sin duda, mi prisa injustificada por llegar al enclave y la especial emoción experimentada al entrar en sus capitales más importantes: Mostar y Sarajevo.

Como viene siendo habitual, los previos a la partida conllevaron la consulta de algunos libros de arte e historia, complementados en este caso con hemeroteca, al recordar, si bien de manera imprecisa, las crónicas de Arturo Pérez-Reverte durante su etapa de corresponsal, cuando, con el conflicto en plena evolución, allá por 1994, no paraba de denunciar la pasividad de la comunidad internacional en general y la de Europa en particular, frente a un genocidio que se adivinaba especialmente sanguinario. Husmeando entre reportajes y editoriales sincrónicos, encontré historias como estas: "El primer día de la guerra de los Balcanes unos soldados borrachos mataron a golpes a un inocente y pacífico jorobado de una aldea bosnia y lo empalaron hasta romperle la columna para enderezarlo y que sus vecinos se rieran al pasar delante del cadáver" o "En Modrica, una niña de nueve años apareció desnuda y muerta, machacada dentro de una mezcladora de cemento". El narrador de estos horrores, Velibor Colic, es un exsoldado bosnio que terminó desertando de la guerra y exiliándose en Francia, tras huir de un campo de fútbol convertido en prisión. Durante el tiempo que permaneció en el improvisado campo de exterminio, fue testigo de horrores indescriptibles, como por ejemplo, la agonía de un prisionero esposado con alambre de espino que le rogó extrajera del bolsillo de su chaqueta una fotografía de sus hijos para morir contemplándolos. Colic no pudo evitar leer el dorso del retrato, en el que una leyenda con letra de niño decía: "Papá, vuelve".



Soldados serbios en Sarajevo.

Para los desmemoriados y los más jóvenes, les puntualizo que la década de los 90 estuvo marcada para el resto de Europa, por la labor de los informativos que, a través de los corresponsales de guerra, nos ponían al día con puntualidad cotidiana sobre la marcha de la guerra de los Balcanes y el especial castigo que sufrieron las ciudades bosnias. Aldeas enteras quedaron arrasadas y todos sus habitantes pasados a cuchillo. La batalla de Sarajevo no fue una batalla, sino un cerco que, en el argot militar, se denomina la "estrategia del hormiguero", consistente en el bloqueo de todas las salidas de la ciudad y el corte de la totalidad de los suministros, para proseguir, en una segunda fase, con el bombardeo aéreo y la intervención de los francotiradores, que hacían el agosto desde la atalaya natural que suponen las colinas que rodean la capital bosnia.

Mientras paseaba por "la Avenida de los Francotiradores", tomaba un café en el emblemático hotel Holliday Inn, cuartel general de la prensa internacional durante años, y me asomaba a los túneles subterráneos que los sarajevinos construyeron para defenderse de los ataques serbios, revivía de forma involuntaria el imaginario de aquel sitio medieval con armamento moderno, donde el 90% de los muertos se produjo lejos del frente, en las mismas calles de la ciudad. Pero Sarajevo no se rindió nunca.

¡Y qué puedo decir de la conmovedora visión del puente de Mostar! Tras recorrer el casco antiguo, con sus características calles medievales, estrechas y empedradas, una especial emoción se experimenta al escuchar a la guía local describir con detalle el asedio a la ciudad y la destrucción del puente, que supuso el derrumbamiento de todo un símbolo de la convivencia entre culturas. Hoy el puente viejo de Mostar, que une la orilla croata y católica del río Neretva, con la musulmana y bosnia, es Patrimonio de la Humanidad, desde su reconstrucción con fondos de la Unesco y su reinauguración en 2004.

Puente viejo de Mostar.

No es objetivo de esta reflexión incidir en el recurrete tema de la inutilidad de las guerras para la resolución de conflictos, ni la perniciosidad de los nacionalismos exacerbados, o la amenaza irrefutable de las doctrinas religiosas fundamentalistas que empujan al ser humano a convertirse en una suerte de depredador para los de su misma especie. Tampoco lo es analizar la génesis de un problema complejo, por las numerosas variables que, desde tiempos inmemoriales, lo determinan y que convirtió a los Balcanes, frontera natural de los imperios turco y austrohúngaro, en zona de perenne confrontación, cuyas poblaciones de uno y otro lado fueron alternativamente durante siglos, verdugos y víctimas en las diversas tragedias que les deparó la Historia. Pero sí es propósito de estas líneas llamar la atención sobre la inexplicable actitud de las grandes potencias, la OTAN y la ONU, que se limitaron a observar, desde la perplejidad, el conflicto durante años. Se enviaron cascos azules que no sabían qué hacer, se impusieron ultimátums que vencían sin respuesta alguna y, una y otra vez, se lanzaban amenazas que nunca se llevaron a cabo.

Lejos de poner en valor la experiencia acumulada, la historia se repite en cuantas ocasiones estallan conflictos étnicos, guerras civiles, enfrentamientos tribales, contiendas religiosas o conflagraciones de cualquier índole y en cualquier punto del globo, convirtiendo ciudades y países en infiernos apocalípticos e incontrolables. ¿Cómo es posible que la comunidad internacional, una y otra vez, se muestre remisa e inerte en sus actuaciones y sus organismos internacionales ineficaces y estériles para cumplir con sus mandatos fundacionales que, básicamente, se resumen en el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales? ¿Qué clase de mecanismo subversivo y recurrente se pone en marcha para confirmar axiomáticamente que la instituciones supranacionales encargadas de la protección de los derechos humanos hacen dejación de sus responsabilidades en aras de oscuros intereses geoestratégicos, políticos, ideológicos o económicos? Nada hay más cierto.

Tras estas divagaciones un tanto genéricas y para ser justa, debo confesar que el fin perseguido en esta personal mirada a los Balcanes de hoy es resaltar, por su inusualidad, la celeridad y la eficacia con la que la comunidad internacional, en contraposición con lo dicho hasta aquí, acometió la reconstrucción de las ciudades destruidas durante la guerra. Sarajevo y Mostar son hoy dos capitales nuevas, sin apenas huellas visibles del conflicto, circunstancia que incide no sólo en la cuestión estética y turística de tan emblemáticos lugares, sino en el efecto balsámico que la reedificación en sí misma supone para mitigar los horrores vividos por la población.

Doce años no son nada en la historia de una nación, tan solo una gota en el océano del devenir secular de los pueblos y ese es el brevísimo lapso de tiempo que separa estas fotografías correspondientes al antes y el después de la reconstrucción de la biblioteca nacional de Sarajevo, bombardeada la infausta noche del 24 de agosto de 1992 y cuyas obras de rehabilitación terminaron en 2004.

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Finalmente, el alto el fuego declarado en octubre de 1995 y los acuerdos de Dayton, firmados en París con la mediación de los Estados Unidos restablecieron la paz en la zona. Sin embargo, el gobierno bosnio no declaró oficialmente el final del sitio de Sarajevo hasta febrero de 1996, cuando el último serbio abandonó las posiciones alrededor de una ciudad reducida a cenizas.

Tras esta visita relámpago a las repúblicas ex yugoslavas y un imaginario tan bello como apasionante aún en mi retina, recomiendo a viajeros y turistas incluyan en sus listas de futuros destinos los enclaves más representativos de la "Eslavia del sur" que es el significado del término Yugoslavia. El visitante disfrutará de una mezcla de historia antigua y reciente, cultura y arte, bellezas naturales sorprendentes, ciudades medievales con influencias vienesas y venecianas, familiar gastronomía mediterránea y una costa dálmata cuyo mar Adriático se manifiesta en su máximo esplendor para todo el que quiera disfrutar de unas vacaciones de sol y playa.

Dubrovnik, la perla del Adriático.

... Y, para terminar, una breve conclusión: El hombre ha de ser sagrado para el hombre, como sagrada es su obligación de perseguir sin descanso la conquista de la tolerancia, que brilla tanto por su presencia como por su ausencia. Quien niega los principios básicos de la tolerancia, está negando su propio derecho a ser tolerado.

¡¡¡ Bienaventurados los tolerantes, porque ellos sientan las bases del cielo en la tierra !!!

La oscuridad y la guerra han dejado paso a la luz y la paz en las repúblicas de la antigua Yugoslavia y un futuro de esperanza y reconciliación se dibuja en el horizonte más cercano. Que así sea... !!!!

Buenas noches a todos los serbios, croatas, eslovenos, bosnios, macedonios y montenegrinos de buena voluntad.